Googlear no atrofia la mente

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Las voces que culpan a las máquinas y los programas informáticos de una supuesta pérdida de trabajo y de las capacidades, siguen la lógica de la penúltima revolución industrial y no son tan ciertas, según un estudio australiano.

Las creencias populares de que nos voltemos flojos y dejamos de memorizar datos, no parecen ser del todo ciertas. Desde que Internet nació en el CERN en 1989, uno de sus usos es almacenar datos. Pero no es la primera vez que se usa la tecnología para guardar información, aunque nunca tuvimos tal capacidad de almacenamiento y la facilidad para acceder a los datos.

Informa El País que en 2011 el estudio de Betsy Sparrow, Jeny Liu y Daniel Wegner, profesores de Columbia, Wisconsin y Harvard, acuñó en la revista Science el término Efecto Google- Los autores llegaron a esta conclusión después de poner a prueba a varios sujetos, que debían recordar afirmaciones que a veces podían consultar en carpetas archivadas en un ordenador y a veces no.

 

Ahora llegó la respuesta de Richard Heersmink, profesor de la Universidad Mcquarie en Sydney, con su estudio The Internet, Cognitive Enhancement, and the Values of Cognition, que cuestiona el documento de Liu, Sparrow y Wagner. “Internet transforma nuestra memoria y capacidades cognitivas. Pero no sabemos cómo”, explica Heermink en un artículo de London School of Economics.

Herrsmink sostiene que con la irrupción del lenguaje escrito perdimos parte de nuestra narrativa oral, pero a cambio se progresó en las ciencias, la filosofía o en la ingeniería. Lo mismo sostiene acerca de otras tecnologías cognitivas como los mapas, las calculadoras o la propia internet.

El investigador plantea que dando por verdadero que hemos perdido memoria porque todos los datos están accesibles en la nube, entonces tener la capacidad en una sociedad de la información de navegar, evaluar, comparar y sintetizar información en la nube es más valioso, por ejemplo, que retener todos esos datos en el cerebro: “Es importante tener un debate como sociedad acerca de qué capacidades cognitivas valoramos en el siglo XXI; y no parece algo que podamos decidir desde la comodidad de nuestra butaca de filosofar”.

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