La hija de un torturador argentino: "Es un monstruo"

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El miércoles decenas de miles de argentinos salieron a marchar por el beneficio carcelario que la corte suprema otorgó a violadores de derechos humanos. Entre medio de ellos estaba Mariana, hija de uno de los peores represores de la dictadura.

“Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas”, relató la mujer de 46 años a la Revista Anfibia.

Su progenitor es Miguel Etchecolatz, quien tiene 88 años y está preso. La justicia lo condenó a cuatro cadenas perpetuas por torturas, secuestros, homicidios y falsificación de identidad, delitos de lesa humanidad que cometió cuando era el jefe de los centros de detención ilegal que la dictadura tuvo en la provincia de Buenos Aires.

El 9 de mayo, Etchecolatz pidió que se le aplique el “2×1”, un beneficio para delitos comunes que la suprema decidió extender a los represores. El fallo indignó y el congreso demoró menos de 48 horas en aprobar una ley que le pone límites. El miércoles 10, decenas de miles marcharon para repudiar a la corte y contra la impunidad.


 

Mariana se cambió el apellido hace un año, es psicóloga y profesora en una universidad privada. El miércoles fue a su primera marcha por los derechos humanos, una escena que siempre evitó por miedo a no poder resistir. Ahora está convencida de que su padre merece morir en la cárcel y decidió contar su historia.

El periodista Juan Mannarino cuenta que “Etchecolatz era una presencia fantasmagórica en su casa de Avellaneda. De lunes a viernes, el padre conducía el aparato represivo. Daba órdenes para secuestrar personas, torturarlas, asesinarlas. Los sábados y domingos casi no hablaba. Se la pasaba echado en una cama mirando televisión. Cada tanto emitía un silbido: había que llevarle rápido un vaso de agua mineral fresca con gas. Si algo no le gustaba, les pegaba unos golpes con la palma abierta a sus hijos“.

Informa El País que en el texto que presentó ante el juez para obtener el cambio de apellido, Mariana reconoció que por su padre sentía “horror, vergüenza y dolor (…) No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror (…) Mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas. Porque nada emparenta mi ser a este genocida“.

Mariana le reconoce a la Revista Anfibia que Etchecolatz “es un ser infame, no un loco, alguien a quien le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos. Antes me hacía daño escuchar su nombre, pero ahora estoy entera, liberada”.


 

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