El Chile que proyectan la franja televisiva y los debates

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Un amigo extranjero, de visita en Santiago después de varios años, me decía que le era imposible entender lo que está pasando en Chile. Haciendo zapping en la televisión abierta, se encontró con un breve espacio publicitario de 15 minutos en que –según él- se habla de un país sin conducción política, lleno de problema y casi en ruinas. No le calzó con lo que había visto unas horas antes cuando recorría un moderno mall cargando una maleta llena de productos de tecnología y vestuario. Tampoco comprendía porque en los diarios, revistas y portales de noticias viene entrevistado un mismo candidato al menos unas tres o cuatro veces en una semana. Menos aún porque existe una lucha descarnada, llena de descalificaciones y ataques mutuos entre los candidatos que son de una misma coalición.

Bueno, le expliqué, hay una razón bastante simple y obvia: por primera vez, estamos frente a una elección –aunque sean primarias- en que sólo participan opositores. Entonces, sin el enemigo al frente, el camino que les queda es criticar lo hecho por el que está ausente -total ni siquiera hay riesgo que alguien les responda-  y buscar formas de diferenciarse con sus pares para tratar de capturar el voto de esos ciudadanos esquivos, desganados, molestos y desconfiados de la clase política e indiferentes del proceso de primarias. Después de todo, el año pasado, en las elecciones municipales –en que estaban en juego aspectos que tocan en lo cotidiano a las personas como la salud, educación, recreación, recolección de basura, áreas verdes, etc.- apenas votó el 34.7% de los ciudadanos.

Lo cierto es que el oficialismo y sus candidatos han pasado a tener un rol  secundario en estas últimas semanas. Apenas nos enteramos de que siguen en carrera Goic y Guillier gracias a las disputas y críticas subidas de tono que mantienen sus comandos, incluyendo el impasse de la “chica comunista”.

Volvamos a mi amigo. Me pidió después que le explicara el sentido que se le da en Chile a las retroexcavadoras. En términos simples, le dije, se trata de las propuestas que hace un candidato para refundar el país cada cuatro años. “Pero hay algo que no entiendo”, me dijo. Había leído que Sebastián Piñera proponía terminar con el Transantiago. Tuve que aclararle rápido que el período de gobierno es de 4 años y no 10 –plazo en que el candidato de derecha aseguró que cumpliría con la promesa- y también que cuando el ex mandatario dirigió Chile no consideró necesario hacer cambios al sistema de transporte de Santiago.

En la franja abundan las imágenes en HD de un país  que, a simple vista, se ve bello. Lindos paisajes, mucho color, banderas patrias y sonrisas de personas y ciudadanos comunes que no se condicen con el Chile agrio y sombrío – así como el desencanto- que transmiten en los relatos esos mismos candidatos. Las imágenes no acompañan, definitivamente, al diagnóstico con que han construido sus slogans y propuestas.

Vamos ahora a la franja electoral. Lo cierto es que es fome. Muy pocas novedades, escasas propuestas concretas, exceso de declaraciones de buenas intenciones, miradas críticas y catastróficas del presente, sueños de un país irreal, esos que ningún presidente (a) podría concretar en 4 años, ni siquiera en un par de décadas. Creo que los chilenos hace rato que se dieron cuenta que este espacio televisivo -entregado gratuitamente por ley- aporta poco a la hora de definir una preferencia. Ni siquiera ayuda a motivar a la gente a ir a votar.

La franja actual parece ser más un ritual en que los candidatos le hablan a su audiencia más dura, es decir, a un grupo muy reducido de seguidores. La imagen que puede representar el impacto de este mini programa es la de los comandos reunidos en un espacio estrecho, apretados frente a un televisor en cierto estado de éxtasis, aplaudiendo al inicio y el final de los pocos minutos en que  ven desplegado en imágenes varias horas de grabación de su candidato (a) recorriendo ferias –que obsesión de mostrar esa escena- dando la mano o sacándose una selfie con transeúntes un tanto  desconcertados por las cámaras. Algo que podría recordar lo que pasaba con la franja del NO en 1988, pero con la diferencia que esta vez se reduce a un pequeño puñado de militantes entusiastas. En las casas de los chilenos – a esa misma hora- las personas se han parado molestas porque su teleserie favorita o La Pequeña Casa en la Pradera terminó 15 minutos antes de lo esperado. La desconexión entre ambos tipos de televidentes –los que están en el comando y el resto- es total.

En la franja abundan las imágenes en HD de un país  que, a simple vista, se ve bello. Lindos paisajes, mucho color, banderas patrias y sonrisas de personas y ciudadanos comunes que no se condicen con el Chile agrio y sombrío – así como el desencanto- que transmiten en los relatos esos mismos candidatos. Las imágenes no acompañan, definitivamente, al diagnóstico con que han construido sus slogans y propuestas.

Piñera le habla a los chilenos desde la altura, recordándonos todo lo que hizo en su gobierno, y por lo que deberíamos estar agradecidos; Ossandón parece que estuviera postulando al cargo de Alcalde; Kast –la mejor puesta en escena de la franja de Chilevamos- nos intenta convencer que el mérito se impondrá por sobre los que nacen en “cuna de oro”, pese a que él proviene precisamente de ahí; Beatriz Sánchez quiere que la conozcamos en su faceta de provinciana que triunfó en la capital, aunque con un foco claro en las injusticias de la salud actual; Mayol nos confesó el quiebre con su padre y que, igual que los curas que retan a los presentes por los que no vinieron a misa, nos regaña porque no entendemos nada de Chile.

Pero confieso que lo que más me costó explicarle a mi amigo fue el debate radial de Chilevamos. Me dijo que no entendía que sus protagonistas fueran del mismo sector, menos aún que después pudieran apoyarse mutuamente en las elecciones de noviembre, después del nivel de agresividad y críticas entre unos y otros. Me señaló que no logró rescatar más que un par de ideas vagas acerca de que le ofrecen a Chile. Al final, y ya algo aburrido de la conversación, terminó diciéndome que se va con la imagen de que los políticos chilenos están al mismo nivel que los de su país, Argentina. A buen entendedor, pocas palabras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.




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